Donde nace el arte

Quien viva el arte del mismo modo que yo, es decir, como el pilar del que desea que descanse su futura vida, entenderá el sentimiento que surge desde lo más profundo del pecho, sube hasta hacerse un ovillo en la garganta y lograr escapar por lo ojos en forma de lágrimas, al ver, por primera vez, uno de esos cuadros que tanto estudió pero que nunca había imaginado que pudiese llegar a ser tan esplendoroso.

Para quienes no, tranquilos, no dejéis de leer porque lo que vengo contando tan solo es el motivo por el cual ahora mismo, y si tuviese la oportunidad, agarraría la mochila y pondría rumbo a una ciudad, más concretamente un barrio, que ha servido de dormitorio para mis más ilustres y sinceros ídolos.

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Cuando voy a un museo y me emociono observando un cuadro no puedo evitar preguntarme qué tiene más mérito: si el artista o el lugar. Porque si lo piensas bien el artista tan solo es la persona que maneja las herramientas adecuadas para expresar el encanto y la magia de un lugar que cautiva y hace sentir. Entenderéis pues, que reviente por dentro al ver una obra de Toulouse-Lautrec, Van Gogh o Picasso, siendo sinceros, también de Degas, Renoir y Pissarro, y que me pregunte: ¿qué tendrá el barrio de Montmartre para que todos ellos acudieran a él en algún momento de su vida y qué, incluso, lo retratasen en algunas de sus obras?.

Allá por el siglo XVII el barrio de Montmartre, situado en lo alto de una colina, había pasado a ser el Distrito XVIII de París, pero también el centro neurológico de una sociedad que se movía entorno al ambiente y al placer. A pesar de la mala fama que circulaba por sus estrechas, curvas y pendientes calles, se convirtió en el lugar favorito para una gran variedad de artistas que acudieron a inspirarse y crear nuevas obras. Muchos los catalogaron como bohemios e individuos sin prejuicios que acudían en busca de una diversión carnal. Yo los califico como simples genios que fueron capaces de captar la belleza que otros, cegados por las luces de neón, no veían y que predijeron, sin quererlo, lo que hoy se ha convertido en el barrio más romántico de París.

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Muchos seréis unos escépticos en cuanto al arte, o simplemente no lo entendáis, y prefiráis poner como escusa el famoso Cabaret de Moulin Rouge para acudir a visitar este pintoresco barrio, creyendo que solo lo hacéis para ver el escenario donde Nicole Kidman se viste del tan despampanante vestido rojo para dejar boquiabiertos a todos los asistentes de la sala. Pues bien, siento decir que esa película es solo la expresión, en el arte más moderno, de lo que Montmartre hizo sentir a Baz Luhrmann, su director.

Tan solo quiero saciar mi curiosidad, pasear por la Plaza de los Pintores, jugar en el Mural de los “Te Quiero”  e intentar descifrar en cuantos idiomas está escrita la palabra. Quiero sentir que me falta el aire mientras subo las interminables escaleras de la colina para, después, quedarme sin habla al ver la majestuosa Basílica del Sagrado Corazón y sus vistas.  Solo después podré entender qué vieron los mayores artistas de nuestra historia en Montmartre,  y quién sabe, puede que también me inspire a mi.