El Mal de África

Aun recuerdo cuando puse el pie en Nairobi y me sorprendió descubrir como realmente el mundo había cambiado tras unas pocas horas de avión. Lo siguiente que viene a mi mente, es el miedo a volar en esa avioneta que nos llevaría al paraíso. Y, sin saberlo, como el Mal de África comenzaba a correr por mis venas.

Pero cuando por fin baje por aquellas escalerillas y un sonriente masai nos recibió, supe que la vuelta no iba a ser fácil. Una aventura en la que realmente no sabía que era lo que me iba a encontrar, pero que desde el primer momento no dejó de sorprenderme.
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El coche nos llevó hasta Cheetah Tented Camp , el campanento de Jorge y Mariola, dos enamorados de África cuya intención es mostrar a sus huéspedes el porque Kenia les atrapó, llevándoles a vivir hace ya muchos años hasta el Maasai Mara. Su casa pasa a ser la tuya, donde los animales pueden pasearse con total libertad, situada a la orilla del río Mara.

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Los safaris comienza de inmediato, pues Jorge y los masai quieren enseñarte todo. Consiguieron que descubriera de su mano los secretos que la sabana esconde. Como la valentía innata de los pequeños elefantes, que no dudan a la hora de enfrentarse ante algo que, en el fondo, no conocen. Escuchar a los hipopótamos bañarse en la aguas tranquilas cercanas al campamento o comer mientras observas como un enorme cocodrilo descansa en la orilla de enfrente con la boca abierta. Dormirme mientras oía a las jinetas correr sobre mi tienda de campaña, mientras cazan en la noche algún pequeño murciélago que le sirva de cena esa noche.

Salidas en las que la búsqueda de los rinocerontes y guepardos nos mantuvieron incansable en el empeño. Ver como los guías se implicaban, buscando el mejor ángulo para las fotografías, mostrarnos pequeños arañazos que un leopardos había dejado en el tronco de un árbol. Recuerdos que no puedo describir con palabras, se tienen que vivir. Pues jamás me imagine que sería capaz de ensimismarme observando a una pequeña manada de leones jugar al anocher mientras esperaban el mejor momento para salir de caza. Y mucho menos, acompañarles en la oscuridad para ver si, realmente, esa noche conseguían algo con lo que llenarse el estómago.

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Pero si hay algo que no seré capaz de olvidar, es la Manyata. La realidad te golpea y descubres que con mucho menos se vive, que su amabilidad _DSC4930es infinita al igual que la gratitud. Que una sonrisa puede ser el mejor regalo que en algún momento me pudieron hacer. En su campamento nos recibieron con los brazos abiertos, ver como es su vida, enseñarnos a hacer fuego y como son sus casa. Pero también su interés hacia ti y de la vida que tienes en un lugar que, allí, parece muy lejano. 

Experiencias que aprendí a exprimir al máximo, experiencias que forman ya parte de mí. Jamás podré olvidar todo lo vivido, la alegría por ver como una jirafa pequeña se agacha para poder comer, porque aun no es suficientemente alta,  aprender del respeto dentro de una manada, la ternura con la que una madre elefante aparta a su pequeño con la trompa. La adrenalina de saber que siete leones rodean el coche, aunque no les ves, mientras ellas solo tienen la vista fija en su presa. Observar, vivir, descubrir, enamorarse. Llorar con la despedida y echar de menos cada día esos momentos que allí viví. Sí, lo tengo claro, el Mal de África se apoderó de mí. ¿A qué estas esperando tú?

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